sábado, 29 de septiembre de 2012

Todos pasan por al lado mío. No es por paranoia, ni el hecho de que estén todos apretados por la cantidad de gente que amenaza en el lugar, ni que la superficie del espacio sea pequeño, no. Ni siquiera una coincidencia, casualidad, sin querer, "porque sí". Todos pasan, miran y se van.
Y me miran a mí, ninguno mira la silla al lado mío, y es una lástima.
Es chiquita, de madera, cuatro patas, un respaldo, dos posabrazos, nada especial. Está ahí desde que tengo memoria, pero no le había prestado atención hasta hace un tiempo; siempre la usé para apoyar ropa, libros, lápices y hasta ideas, quizá. Creo que me dio algo de pena no darle el uso al que fue destinado desde que se fabricó, así que un día la desalojé por completo y trabajé en ella un buen rato.
La limpié, lijé, pinté, decoré y barnicé, y me senté al lado suyo esperando a que haga su trabajo.
Todos pasaron por al lado suyo, todos la miraron, pero nadie la vio. No resultó malo, sino curioso y algo triste... parecía cálida, su pata ya no rechinaba cada vez que alguien se apoyaba en sus brazos y tenía un color peculiar, pero no extraño.

Quité el polvo, la basura y papeles que se habían vuelto a acumular, pero en ésta oportunidad, en vez de esperar que alguien la vea y haga trabajar, decidí sentarme yo. Encima de ella y no al lado. Y era hermosa. Había estado tanto tiempo escondida tan a la vista, que nunca la vi yo, ¿quién iba a ver mi silla si ni yo la veía?

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