miércoles, 21 de diciembre de 2011

La parte más grande de mí

Hace un par de... no, más de un par de meses, quizá cuatro... Hace cuatro meses recuerdo que... ¿cuatro meses? Hace cuatro meses era Agosto, ¿qué pasó en Agosto? No hice nada importante. Que aburrido mes que es el de Agosto, no tiene ninguna fecha interesante. Excepto el veinte. El veinte de Agosto es el día del Despachante de Aduana. ¡Cómo olvidar a los despachantes de la Aduana!
Igual, no fue en Agosto.

Más o menos a mediados de Junio, casi Julio fue. No sé porque dije cuatro meses, esos son seis, casi cinco.

Hace aproximadamente cinco meses, Julio, recuerdo que después de una ligera lluvia que había bendecido (gracias) a la ciudad, me tomé un tiempito para salir a buscar que nos había dejado como regalo la señora Lluvia. Entre que los palitos, que las hojitas, que la señora-que-corre-para-no-mojarse-el-pelo, que la humedad... vi un pequeño cuerpito de puro calcio, relleno de una masa viscosa, pegote, de un color medio amarronado tirando a verde oscuro, asomándose al borde del abismo de un cantero de esos donde me suelo sentar en la plaza para esperar. Lo miré un rato. Un buen rato. Inmóvil, ahí parada, esperando a ver que esa pequeña criaturita hiciera algo.
Casi no me doy cuenta que le faltaban ojos, casi no me doy cuenta que cada vez lo miraba más de cerca. Asomó un pequeño punto negro rodeado de su masa corporal que poco a poco fue brotando de su cuerpo, cual protuberancia, que luego terminaría en una punta. Lo mismo a su lado.

Nadie mira un caracol. A nadie le importan los caracoles. Los caracoles no son para nada fascinantes.
No hacen nada, más que andar, comer y esconderse. Casi como si hubiesen nacido para morir.


Me empezó a parecer extraño mirarlo de tan cerca, estando tan lejos, entonces me senté a unos centímetros de él-la.
Se arrastraba tan lentamente que me resultaba cada vez más atractivo por cada segundo que pasaba. Antes de llegar a una rama se estiró y quiso posarse sobre ella, pero era tan finita e inmadura que no lo soportó, y el/la pequeño/a cayó sobre un montoncito de tierra húmeda.

No creo que al caracol le importe caerse tantas veces, después de todo, es tan pequeño y tan fuerte que puede reconstruir su coraza, no importa que tanto le duela la caída. Algún día alcanzará lo que busca.

Lo miré cinco minutos más. Ya estaba intentando subir de nuevo al borde del cantero.

Se va a volver a caer.


Lo agarré suavemente y con mucho cuidado, pero no lo suficiente supongo, porque se asustó y escondió sus ojos otra vez.

No me quiere mirar.

Casi lo vi llorar... Lo dejé en una rama un poco más fuerte que estaba ahí al lado, y me fui.

A nadie le importa ayudar a un caracol.


Los caracoles se ayudan solos.